La presencia del exceso, artificiosidad, desenfreno, ambigüedad, teatralización acentuada y exaltación son algunas de las características centrales del barroco. El goce por la imaginación y la sobreabundancia, el hablar complicado y la recurrencia a las alegorías y metáforas son otras tantas. Si se quisiera escribir un manual sobre este género, bastaría, tal vez, leer "La vida es sueño", de Pedro Calderón de la Barca. El clásico, estrenado en 1663, es útil para retratar un mundo en el que se han perdido la certeza y la evidencia -"una noción de vida opuesta a la razón", como escribe Eugenio d' Ors en "Lo barroco"-, nociones que seguramente lo hace mantener su vigencia.

La puesta del Teatro Estable y del Ballet Contemporáneo, con la dirección general de Leo Gavriloff (se repone sábados y domingos, a las 22 y 21 respectivamente, en la sala Caviglia, en San Martín 251) es rigurosamente fiel al estilo. Se podría decir que se trata de un homenaje al barroco. Es contradictorio, pareciera, pero con escasos recursos (véase, por caso, el inmenso reloj) la puesta da cuenta de un mundo majestuoso con una escenografía despojada. Y con una iluminación que exacerba las acciones y por sí misma marca el espacio escénico.

El pobre Segismundo, hijo del rey Basilio, pasará sus días entre el confinamiento en la torre del castillo y el poder, como en un mundo de sueños, hasta conocer a Rosaura. "¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño: que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son", dice el príncipe en uno de los abundantes soliloquios.

Otro elemento característico es el contraste, el claroscuro: en la puesta, las numerosas coreografías exaltan los cuerpos de los actores y los bailarines (dirigidos por Patricia Sabbag), planteados como si fueran pinturas de Caravaggio.

De todos modos, el núcleo dramático se resuelve en las muy buenas actuaciones de Guillermo Arana, Pablo Delgado y Sergio Domínguez, que interpretan simultáneamente a Segismundo, Clarín y Astolfo: en sus diálogos con Rosaura (Noé Andrade), Clotaldo (Andrés D' Andrea), Estrella (Eloísa Martínez Romero) y el rey (Nelson Alfonso) no se privan de los amaneramientos retorcidos, gestos grandilocuentes y marcadas expresiones.

En esta mezcla de personajes quizá se encuentre el mayor aporte de esta versión de Gavriloff, porque, sin dudas, fiel al estilo, genera confusión y añade incertidumbre. La representación barroca de un texto barroco no es una tarea sencilla, ni para el director ni para el espectador (la puesta dura 1h 50'). Pero el estilo manda: todo debe estar excedido.